Secretario
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Zammit Cutajar
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¿Qué
es el Cambio Climático?
(Guía
elemental de la Convención Marco de las Naciones Unidas
por la Oficina de Información sobre el Cambio Climático)
Introducción:
¡Un
asteroide gigante podría chocar con la Tierra!
¡Otro fenómeno podría ocurrir!
¡La temperatura global podría aumentar!
¡Hay que reaccionar!
La
década de 1990 ha sido un período de reflexión a nivel
internacional sobre los problemas del medio ambiente.
¿Qué estamos haciendo con nuestro planeta? Nos estamos
percatando cada vez más que la Revolución Industrial ha
cambiado para siempre la relación entre el hombre y la
naturaleza.
Cunde la
preocupación de que tal vez hacia mediados o finales del
próximo siglo las actividades del hombre habrán cambiado
las condiciones esenciales que hicieron posible la
aparición de la vida sobre la Tierra.
La Convención
Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático
de 1992 forma parte de una serie de acuerdos por medio de
los cuales los países de todo el mundo se han unido para
hacer frente a este problema. Otros tratados abordan
cuestiones como la contaminación marina, la
desertificación, el deterioro de la capa de ozono, y la
rápida extinción de especies animales y vegetales. La
Convención sobre el Cambio Climático enfoca un problema
especialmente inquietante: estamos alterando la forma en
que la energía solar interactúa con la atmósfera y
escapa de ella y esto quizás modifique el clima mundial.
Entre las consecuencias posibles podría producirse un
aumento de la temperatura media de la superficie de la
Tierra y cambios en las pautas meteorológicas a escala
mundial.
Tampoco
se pueden descartar otros efectos imprevistos.
Hay
algunas problemas a los que debemos hacer frente:
Problema
Nº 1:
El Gran Problema
Los
científicos estiman que es real el peligro de que
el clima cambie rápida y espectacularmente
en los decenios y siglos venideros.
¿Podremos controlar esta situación?
Hace
alrededor de 65 millones de años un asteroide gigante
entró en colisión con la Tierra. Cataplum! Según las
estimaciones científicas, el choque arrojó tanto polvo a
la atmósfera que dejó al mundo en tinieblas durante tres
años. La luz solar se redujo en gran medida, impidiendo
el crecimiento de numerosas plantas, las temperaturas
descendieron, la cadena alimenticia se rompió y muchas
especies desaparecieron, incluida la mayor que existiera
sobre la faz de la Tierra.
Tal es,
cuando menos, una teoría dominante que explica la
extinción de los dinosaurios; incluso aquellos que no
fueron alcanzados directamente por el asteroide,
sucumbieron a la postre.
La
catástrofe que dio cuenta de los dinosaurios es sólo una
ilustración -si bien dramática- de cómo el cambio
climático puede fomentar el desarrollo de una especie o
liquidarla.
Según
otra teoría, los seres humanos evolucionaron cuando las
temperaturas mundiales descendieron considerablemente y
las precipitaciones disminuyeron hace unos seis millones
de años. Los primates superiores parecidos a los simios
del Great Rift Valley en Africa solían refugiarse en los
árboles, pero como consecuencia de esta variación
climática de larga duración, los bosques fueron
reemplazados por praderas. Los "simios" se
encontraron en una planicie vacía mucho más fría y seca
que su medio anterior y sumamente vulnerables ante los
predadores.
La
desaparición total era una posibilidad concreta y los
primates aparentemente se adaptaron con dos saltos
evolutivos: primero adoptaron la postura erecta, que les '
permitió recorrer largas distancias a pie, con las manos
libres para transportar hijos y alimentos; y luego sus
cerebros se volvieron mucho más voluminosos, aprendieron
a manejar instrumentos y se convirtieron en omnívoros
(consumidores de carne y verduras). Generalmente se
considera a este segundo ser con un cerebro más
desarrollado, como el primer humano.
A partir
de entonces, las variaciones climáticas han modelado el
destino de la humanidad, y el ser humano ha reaccionado en
gran medida adaptándose, emigrando y desarrollando su
inteligencia. Durante las últimas glaciaciones, los
niveles de los océanos descendieron y los seres humanos
se desplazaron a través de puentes continentales desde el
Asia hacia las Américas y las islas del Pacífico. Desde
entonces se han registrado numerosas migraciones,
innovaciones y también catástrofes. Algunas de estas han
tenido su origen en pequeñas fluctuaciones climáticas,
con unos pocos decenios o siglos de temperaturas levemente
superiores o inferiores a la media, o sequías
prolongadas. La más conocida es la Pequeña Era Glaciar,
registrada en Europa a comienzos de la Edad Media que
provocó hambrunas, insurrecciones y el abandono de las
colonias septentrionales en Islandia y Groenlandia. El
hombre ha soportado durante milenios los caprichos
climáticos, recurriendo a su ingenio para adaptarse,
incapaz de influir en fenómenos de tal magnitud.
Eso era
hasta ahora. Paradójicamente, el éxito notable que hemos
logrado como especie bien puede habernos llevado a un
callejón sin salida. El crecimiento demográfico ha
alcanzado un punto tal que haría muy difícil una
migración en gran escala en caso de que un cambio
climático de grandes proporciones la hiciera necesaria y
los productos de nuestra inteligencia (industrias,
transportes, etc.) han conducido a una situación
desconocida en el pasado. Anteriormente el clima mundial
hacía cambiar a los seres humanos; ahora parece que estos
últimos están cambiando el clima. Los resultados
todavía son inciertos, pero si las predicciones actuales
se confirman, el cambio climático que tendrá lugar en el
próximo siglo será de una amplitud sin precedentes desde
los albores de la civilización humana.
El
principal cambio que se ha registrado hasta la fecha ha
sido en la atmósfera terrestre. El asteroide gigante que
terminó con los dinosaurios arrojó grandes nubes de
polvo en el aire, pero nosotros estamos causando
fenómenos de dimensiones similares, aunque en forma más
sutil. Hemos provocado, y continuamos haciéndolo, un
cambio en el equilibrio de los gases que componen la
atmósfera, y ello es particularmente cierto con relación
a los "gases de efecto invernadero" principales,
como el dióxido de carbono (CO2), el metano (CH4) y el
óxido nitroso (N2O). (A pesar de que el vapor de agua es
el gas termoactivo más importante, las actividades del
hombre no lo afectan directamente). Estos gases, que se
encuentran normalmente presentes en la atmósfera,
representan menos de una décima parte del 1 por ciento de
la atmósfera total, compuesta principalmente de oxígeno
(21 por ciento) y nitrógeno (78 por ciento), pero son
vitales porque actúan como una manta natural alrededor de
la Tierra, sin la cual la superficie de nuestro planeta
sería cerca de 30°C más fría que en la actualidad.
El
problema estriba en que la actividad del hombre está
"espesando" la manta. Por ejemplo, cuando
quemamos carbón, petróleo y gas natural, liberamos
cuantiosos volúmenes de dióxido de carbono en el aire,
al igual que cuando destruimos los bosques, dejamos
escapar a la atmósfera el carbono almacenado en los
árboles. Otras actividades esenciales, como la cría de
ganado y el cultivo de arroz, también emiten metano,
óxido nitroso y otros gases de efecto invernadero. Si las
emanaciones continúan aumentando al ritmo actual, es casi
seguro que en el siglo XXI los niveles de dióxido de
carbono en la atmósfera duplicarán los registros
preindustriales y si no se toman medidas para frenar
dichas emisiones, es muy probable que los índices se
triplicarán para el año 2100.
De
acuerdo con el consenso científico, el resultado más
directo podría ser un "calentamiento de la
atmósfera mundial" del orden de 1 a 3,5°C durante
los próximos 100 años. A esto se debe sumar un
manifiesto incremento de temperatura de un 0,5°C desde el
período preindustrial anterior a 1850, parte del cual
sería producto de emisiones anteriores de gases de efecto
invernadero.
Es
difícil pronosticar en qué medida esta situación
podría afectarnos, dado que el clima mundial es un
sistema sumamente complejo. Si se alterara un aspecto
clave como la temperatura media global, las ramificaciones
tendrían un largo alcance. Los efectos inciertos se
adicionan: por ejemplo, podría cambiar el régimen de
vientos y lluvias que ha prevalecido durante cientos y
miles de años y del cual depende la vida de millones de
personas; podría subir el nivel de los mares y amenazar
islas y zonas costeras bajas. En un mundo cada vez más
poblado y sometido a mayores tensiones, que ya tiene
suficientes problemas por resolver, esas presiones
adicionales podrían conducir directamente a nuevas
hambrunas y otras catástrofes.
Al tiempo
que los científicos se esfuerzan por comprender con mayor
precisión los efectos de las emisiones de gases
termoactivos, la comunidad internacional se ha unido
recientemente para hacer frente a este problema.
Respuesta
de la Convención:
Reconoce
que el problema existe. Este
es un avance significativo. No es tarea fácil que las
diferentes naciones del mundo se pongan de acuerdo para
adoptar un plan de acción común, en particular uno que
trate un problema cuyas consecuencias son inciertas y que
tendrá mayor importancia para el destino de nuestros
nietos que para nuestra generación. Aun así, en poco
más de dos años, 165 Estados negociaron y firmaron la
Convención y actualmente más de 140 países que ya la
han ratificado se hallan jurídicamente vinculados en
virtud de la misma. El tratado entró en vigor el 21 de
marzo de 1994.
Establece
un "objetivo final" de estabilizar "la
concentración de gases de efecto invernadero en la
atmósfera a niveles que impidan interferencias
antropogénicas (de origen humano) peligrosas en el
sistema climático". El
objetivo no especifica cuáles deberían ser esos niveles
de concentración; sólo estipula que no deben ser
peligrosos. Se reconoce así que actualmente no existe una
certeza científica acerca de los índices que podrían
catalogarse de peligrosos. Los investigadores piensan que
llevará otra década (y la próxima generación de
supercomputadoras) el reducir las incertidumbres actuales
o gran número de ellas) en forma apreciable. De ahí que
el objetivo de la Convención mantenga su validez
independientemente de la evolución de la ciencia.
Indica
que "ese nivel debería lograrse en un plazo
suficiente para permitir que los ecosistemas se adapten
naturalmente al cambio climático, asegurar que la
producción de alimentos no, se vea amenazada y permitir
que el desarrollo económico prosiga de manera
sostenible".
Ello realza la preocupación principal respecto a la
producción alimentaria -probablemente la actividad humana
más dependiente del clima- y al desarrollo económico.
Sugiere asimismo (cosa que comparte la mayoría de los
climatólogos) que un cierto cambio es inevitable y es
necesario tomar medidas de adaptación y prevención.
A su vez
ello da lugar a diversas interpretaciones a la luz de los
descubrimientos científicos así como de las concesiones
recíprocas y los riesgos que la comunidad internacional
está dispuesta a aceptar.
Problema
Nº 2:
Si
no se conocen con certeza las consecuencias
de un problema, ¿se ignora el problema o se trata
de encontrarle alguna solución?
El cambio
climático es una amenaza para la humanidad, pero nadie
puede determinar con seguridad sus futuros efectos o la
magnitud de éstos. La reacción ante esa amenaza
seguramente será costosa, compleja y difícil. Hay
incluso desacuerdo sobre si realmente existe un problema:
mientras numerosas personas temen la extrema gravedad de
los efectos, otras argumentan que los científicos no
pueden dar pruebas irrefutables de que sus previsiones se
harán realidad. Además, no está claro quienes son los
que sufrirán más en las diversas regiones del mundo. Sin
embargo, si la comunidad internacional espera a que
aparezcan las consecuencias y las primeras víctimas,
probablemente será muy tarde para actuar. ¿Qué se debe
hacer?
La verdad
es que en casi todos los círculos científicos la
cuestión ya no es si el cambio climático es un problema
potencialmente grave, sino en qué forma se manifestará,
cuáles serán sus repercusiones y cuál será la mejor
forma de detectarlas. Los modelos de computadora de algo
tan complicado como el sistema climático de nuestro
planeta no son aún lo suficientemente avanzados para
brindar respuestas claras y concluyentes. No obstante, si
bien el cuándo, dónde y cómo no está definido, el
panorama que se desprende de estos modelos climáticos nos
lanza señales de alarma.
Por
ejemplo:
Los
regímenes de precipitaciones regionales podrían variar.
Se prevé que el ciclo de evapotranspiración se
acelerará a nivel mundial y ello implica que lloverá
más, pero que las lluvias también se evaporarán más
rápidamente, volviendo los suelos más secos durante los
períodos críticos de la temporada de cultivo. Nuevas
sequías, o más intensas, en particular en los países
más pobres, podrían disminuir el abastecimiento de agua
potable hasta el punto que ello podría convertirse en una
amenaza grave para la salud pública. Dado que los
científicos todavía no tienen entera confianza en los
pronósticos regionales, no se aventuran a definir con
precisión las zonas del mundo expuestas a volverse más
húmedas o más secas, pero, habida cuenta de que los
recursos hídricos mundiales ya se hallan bajo una gran
presión en virtud del rápido crecimiento demográfico y
la expansión de las actividades económicas, el peligro
de que ello ocurra es bien real.
Las
zonas climáticas y agrícolas podrían desplazarse hacia
los polos.
Se prevé que en las regiones de latitud media el
desplazamiento será de entre 200 y 300 km. por cada grado
Celsius de calentamiento. Veranos más secos disminuirían
el rendimiento de los cultivos en un lo a 30 por ciento, y
es posible que las principales zonas cerealeras actuales
(como las Grandes Llanuras de los Estados Unidos)
experimenten sequías y golpes de calor más frecuentes.
Los bordes septentrionales de las zonas agrícolas de
latitud media (el norte del Canadá, Escandinavia, Rusia y
el Japón en el hemisferio norte, y el sur de Chile y la
Argentina en el hemisferio austral), se beneficiarían de
temperaturas más elevadas. Sin embargo, en algunas
regiones la escabroso de los terrenos y la pobreza de los
suelos impedirían a esos países compensar la merma de
rendimiento de las zonas hoy más productivas.
El
derretimiento de los glaciares y la dilatación térmica
de los océanos podrían aumentar el nivel del mar,
amenazando las zonas costeras bajas e islas pequeñas.
El nivel medio global del mar ya ha subido cerca de 15 cm
en el último siglo y se prevé que el calentamiento de la
Tierra ocasionará un aumento adicional de alrededor de 18
cm para el año 2030. De mantenerse la actual tendencia de
las emisiones de gases termoactivos, ese aumento podría
llegar a los 65 cm por encima de los niveles actuales
antes del año 2100. Las tierras más vulnerables serían
las regiones costeras desprotegidas y densamente pobladas
de algunos de los países más pobres del mundo. Entre las
víctimas probables se contaría Bangladesh, cuyas costas
ya son propensas a inundaciones devastadoras, al igual que
muchos pequeños estados insulares, como las Maldivas.
Estas
hipótesis son lo suficientemente alarmantes para causar
preocupación, pero demasiado inciertas para permitir a
los gobiernos tomar medidas de acción concretas. El
panorama es confuso: es comprensible que algunos
gobiernos, acosados por otros problemas, responsabilidades
y deudas que atender, se vean tentados a no hacer
absolutamente nada. Quizás el peligro se aleje, o algún
otro se encargará de él; tal vez otro asteroide gigante
chocará con la Tierra, ¿quién puede saberlo?
Respuesta
de la Convención:
Establece
un marco y un procedimiento para acordar las medidas
especificas que será necesario adoptar más adelante.
Los diplomáticos que redactaron la Convención Marco
sobre el Cambio Climático la consideraron como el punto
de partida de otras posibles medidas futuras. Reconocieron
que no era posible que en 1992 los gobiernos convinieran
en un plan básico detallado para hacer frente al cambio
climático, al establecer un marco institucional y de
principios generales e iniciar un procedimiento que les
permitiera a los gobiernos reunirse periódicamente, pero
se dio el primer paso en esa dirección.
Una
ventaja esencial de este enfoque es que permite a los
países comenzar a debatir una cuestión antes de que
estén todos de acuerdo en que efectivamente constituye un
problema. Incluso los países escépticos consideran que
su participación es útil (o, en otras palabras, les
incomodaría quedar al margen) y ello otorga legitimidad a
la causa y crea una especie de presión recíproca entre
los miembros de la comunidad internacional para tratar
seriamente el tema.
La
Convención ha sido concebida de forma que permita a los
países reforzar o atenuar sus disposiciones de acuerdo
con los últimos descubrimientos científicos. Por
ejemplo, pueden convenir en adoptar medidas más
específicas (como reducir en un cierto grado las
emisiones de los gases de efecto invernadero), aprobando
"enmiendas" o "protocolos" a la
Convención.
El
tratado fomenta la adopción de esas medidas, a pesar de
las incertidumbres derivadas de la reciente evolución en
el derecho y la diplomacia internacionales de lo que se ha
dado en llamar el "principio precautorio". En el
derecho internacional tradicional en general no se puede
restringir o prohibir una actividad a menos que se
demuestre la existencia de un vínculo causal entre dicha
actividad y un daño particular. Por tanto, no se puede
hacer frente a muchos problemas ambientales, como el daño
sufrido por la ozonosfera y la contaminación marina, si
se exige una prueba concluyente de la relación de causa y
efecto. En consecuencia, la comunidad internacional ha ido
gradualmente aceptando el principio precautorio, según el
cual aquellas actividades que pueden causar daños graves
o irreversibles pueden restringirse o, incluso prohibirse,
antes de que exista la certeza científica absoluta de sus
repercusiones.
Adopta
las medidas preliminares que por ahora son claramente las
más razonables. Los
países que ratifican la Convención -en la jerga
diplomática las "Partes en la Convención"-
convienen en tener en cuenta el cambio climático en
esferas tales como: agricultura, energía, recursos
naturales y actividades relacionadas con las zonas
costeras y en promover la elaboración de planes
nacionales a los efectos de atenuar el cambio climático.
La Convención alienta a las Partes a compartir las
tecnologías y a cooperar por otros medios a fin de
limitar las emanaciones de gases termoactivos,
especialmente las procedentes de los siguientes sectores:
energía, transporte, industria, agricultura, silvicultura
y gestión de desechos, sectores que en conjunto producen
la casi totalidad de las emisiones de gases de efecto
invernadero atribuibles a la actividad humana.
Fomenta
las investigaciones científicas sobre el cambio
climático.
El tratado exige que se lleve a cabo una labor de
investigación, observación y recopilación de datos
sobre el clima y crea un "órgano subsidiario de
asesoramiento científico y tecnológico" con objeto
de ayudar a los gobiernos a decidir el curso de acción
futura. Cada Estado Parte debe asimismo presentar un
"inventario" de las fuentes nacionales de las
emisiones de los gases de efecto invernadero (como
fábricas y transportes) y los "sumideros"
nacionales (bosques y otros ecosistemas naturales que
absorben los gases termoactivos de la atmósfera). Dichos
inventarios deberán actualizarse periódicamente y
hacerse de dominio público. La información proporcionada
sobre el volumen de las emisiones de cada gas
correspondiente a las distintas actividades será esencial
para vigilar las variaciones de las emisiones y determinar
la eficacia de las medidas adoptadas para limitarlas.
Problema
Nº 3:
Si
un asteroide gigante entrara en colisión con la Tierra,
no sería la culpa de nadie.
No se puede decir lo mismo con respecto al
calentamiento de la atmósfera.
Hay una
injusticia fundamental en el problema del cambio
climático, que exacerba a las relaciones ya
problemáticas entre las naciones ricas y pobres. Los
países con los niveles de vida más altos han sido los
más responsables (aunque inconscientemente) del aumento
de los gases de efecto invernadero: las primeras regiones
industrializadas (Europa, América del Norte, Japón y
otras) consolidaron su riqueza en parte dejando escapar a
la atmósfera grandes cantidades de gases de efecto
invernadero, mucho antes de que se conocieran sus
consecuencias probables. Los países en desarrollo ahora
temen que se les diga que deben limitar sus actividades
industriales en ciernes, puesto que la atmósfera ha
llegado a su límite de tolerancia.
Habida
cuenta de que las emanaciones derivadas de la utilización
de energía constituyen la causa principal del cambio
climático, habrá una creciente presión para que todos
los países reduzcan el consumo de carbón y petróleo.
También habrá presiones (e incentivos) para que se
adopten tecnologías avanzadas tendientes a limitar los
perjuicios en el futuro, pero el costo de éstas puede ser
elevado.
Los
países que se hallan en las primeras etapas de
industrialización y que bregan para ofrecer una mejor
vida a sus habitantes no quieren este tipo de cargas
adicionales: el desarrollo económico ya es
suficientemente difícil. ¿Cómo podrían progresar si
aceptaran disminuir el uso de los combustibles fósiles,
que son los más baratos, convenientes y útiles para las
industrias?
Hay otras
injusticias que van aparejadas al problema del cambio
climático. Los países del mundo en desarrollo serán
probablemente los que más sufran si se confirman las
consecuencias previstas (desplazamiento de zonas
agrícolas, aumento del nivel del mar y variaciones en el
régimen de lluvias). Estos países simplemente carecen de
los recursos científicos y económicos o de los sistemas
de seguridad social necesarios para hacer frente a las
repercusiones de la perturbación del clima. Además, en
muchos de esos países el rápido crecimiento demográfico
ha obligado a muchos millones de personas a asentarse en
tierras marginales y son precisamente éstas las que
pueden padecer los efectos más drásticos de las
variaciones climáticas.
Respuesta
de la Convención:
Atribuye
a los países ricos la mayor cuota de responsabilidad en
la lucha contra el cambio climático ... y la parte del
león de la factura a pagar.
La Convención toma nota de que la mayor parte de las
emisiones del pasado y las actuales tienen su origen en
los países desarrollados. Su principio cardinal es que
estos países deben encabezar la lucha contra el cambio
climático y sus impactos adversos. El tratado enuncia
obligaciones específicas en materia de transferencias
financieras y tecnológicas que se aplican únicamente a
los 24 países desarrollados que son miembros de la
Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos
(OCDE) (con excepción de México, que se adhirió a la
OCDE en 1994). Éstas han acordado apoyar las actividades
relativas al cambio climático en los países en
desarrollo, proporcionando un apoyo financiero adicional a
toda asistencia financiera que ya presten a esos países.
Obligaciones
específicas de limitar las emanaciones de los gases de
efecto invernadero y acrecentar los sumideros naturales
recaen en los países de la OCDE y en los 12 países con
"economías en transición", es decir, los
países de Europa Central y del Este y la antigua Unión
Soviética. Aunque las negociaciones concluyeron en un
texto poco claro, se acepta en general que para el año
2000 los países de la OCDE y los países con economías
en transición deben intentar reducir sus emisiones de
gases termoactivos por lo menos al nivel que tenían en
1990.
Reconoce
el derecho de las naciones más pobres al desarrollo
económico.
Observa que la contribución de los países en desarrollo
a las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero
irá en aumento a medida que éstos amplíen sus
industrias para mejorar las condiciones sociales y
económicas de sus habitantes.
Admite
la vulnerabilidad de los países más pobres a los efectos
del cambio climático. Uno
de los principios esenciales de la Convención es que las
medidas que se adopten deberán reflejar una "plena
consideración" de las necesidades y circunstancias
específicas de los países en desarrollo, en particular
aquellos cuyos frágiles ecosistemas los hacen altamente
vulnerables al cambio climático. La Convención reconoce
también que los Estados que dependen de las exportaciones
de carbón y petróleo experimentarán dificultades si
varía la demanda de energía.
Problema Nº 4:
Si
todo el mundo empezara a consumir
más y a darse la buena vida,
¿podría soportarlo nuestro planeta?
A medida
que la población mundial aumenta, se incrementa la
demanda de los recursos naturales, que se acentúa aún
más con el rápido aumento del número de individuos que
también quieren vivir mejor: más y mejor comida; mayor
cantidad de agua y más limpia; más electricidad,
refrigeradores, automóviles, casas y apartamentos;
terrenos en los que construir esas casas y apartamentos...
Ya se
plantean problemas graves para abastecer de agua potable a
los miles de millones de habitantes de todo el mundo. Las
poblaciones en vías de expansión están agotando el agua
de ríos y lagos y los grandes mantos acuíferos
subterráneos están disminuyendo constantemente. ¿Qué
haremos cuando estos depósitos naturales se vacíen?
También hay problemas para cultivar y abastecer a todos
de suficientes alimentos: testimonio de ello son las
extensas hambrunas registradas en muchas partes del mundo.
Hay otras señales de alarma: el volumen de pesca mundial
se ha reducido considerablemente; a pesar del tamaño de
los océanos, las especies más valiosas se han pescado
tan eficazmente que han desaparecido.
El
calentamiento de la atmósfera es un ejemplo
particularmente ominoso del insaciable apetito del hombre
por los recursos naturales. En el curso del siglo pasado
hemos extraído y quemado depósitos ingentes de carbón,
petróleo y gas natural que llevaron millones de años en
acumularse. Nuestra capacidad para quemar combustibles
fósiles a un ritmo muchísimo más rápido que lo que
llevó crearlos ha perturbado el equilibrio natural del
ciclo del carbono. La amenaza del cambio climático se
presenta porque una de las pocas formas en que la
atmósfera, que también es un recurso natural, puede
reaccionar ante las vastas cantidades de carbono liberado
del subsuelo terrestre, es calentarse.
Entretanto,
las expectativas del hombre no menguan sino que van en
aumento. Los países del "Norte" industrializado
representan el 20% de la población mundial, pero utilizan
alrededor del 80% de los recursos de la Tierra: para las
pautas mundiales, viven sumamente bien. Es agradable
llevar una buena vida, pero si cada persona consumiera
tanto como los americanos del norte o los europeos
occidentales -y eso es a lo que aspiran miles de millones
de personas- probablemente no habría suficiente agua
potable y otros recursos naturales vitales para todos.
¿Cómo podremos satisfacer esas crecientes expectativas
cuando ya el mundo se halla bajo tanta presión?
Respuesta
de la Convención:
Apoya
el concepto del "desarrollo sostenible".
La humanidad tiene que aprender de alguna manera a aliviar
la pobreza de un enorme y creciente número de personas
sin destruir el medio natural del que depende toda la vida
humana. Deberán hallarse nuevas pautas para que el
desarrollo económico sea sostenible a largo plazo y el
término clave que circula entre ambientalistas y
burócratas internacionales para enfrentar este reto es el
de "desarrollo sostenible". La solución sería
idear métodos que nos permitieran vivir bien utilizando
los recursos naturales críticos a un ritmo que no supere
el que sea necesario para su reposición.
Desafortunadamente, la comunidad internacional está mucho
más avanzada en definir los problemas que plantea el
desarrollo sostenible, que en concebir la forma de
resolverlos.
Alienta
a fomentar y compartir las tecnologías y los
conocimientos prácticos ambientalmente idóneos.
La tecnología desempeñará sin duda un papel primordial
en la lucha contra el cambio climático. si somos capaces
de concebir fórmulas prácticas para utilizar fuentes de
energía menos contaminantes, como la energía solar por
ejemplo, podremos reducir el consumo de carbón y
petróleo. La nueva tecnología con la misma cantidad de
recursos podrá hacer que los procesos industriales sean
más eficientes, la purificación del agua más viable, y
la agricultura más productiva. Tal tecnología deberá
estar al alcance de todos: de alguna forma los países
más ricos y científicamente más avanzados deberán
compartirlas con las naciones más pobres, que tanto las
necesitan.
Hace
hincapié en la necesidad de informar al público acerca
del cambio climático. Los
jóvenes de hoy y las generaciones futuras deberán
aprender a observar el mundo desde una perspectiva
diferente de la que ha prevalecido durante el siglo XX.
Esta es una vieja idea, que también hoy es de actualidad.
Muchas culturas preindustriales (¡no todas!) vivían en
equilibrio con la naturaleza; hoy las evidencias
científicas nos enseñan que debemos hacer lo mismo. El
desarrollo económico ya no es más un asunto de
"cuanto más grande, mejor"; automóviles,
casas, captura de peces, volúmenes de petróleo y carbón
más grandes. Debemos dejar de considerar el progreso del
hombre como una cuestión de imponernos a nuestro medio
natural. El mundo, es decir, el clima y todos los seres
vivos, es un sistema cerrado: todo lo que hacemos tiene
repercusiones que en última instancia nos afectarán. Los
niños de mañana - y desde luego los adultos de hoy -
tendrán que aprender a considerar las consecuencias de
sus acciones sobre el clima; cuando tomen decisiones como
integrantes del gobierno o del sector empresarial o en el
ámbito de la vida privada deberán tener en cuenta el
sistema climático.
En otras
palabras, tendrá que cambiar el comportamiento humano y
probablemente cuanto antes mejor. Sin embargo, ello es
difícil de prescribir y pronosticar: tómese, por
ejemplo, la cuestión de determinar los sacrificios que
incumben a cada individuo para preservar el clima mundial.
Ello nos conduce al Problema Nº 5.
Problema Nº 5:
¿Quién
tiene la energía, el tiempo o el dinero suficiente para
hacer frente al cambio climático, cuando hay que
resolver tantos otros problemas?
Respuesta
de la Convención:
Ha
empezado con cautela y por el momento no plantea
demasiadas exigencias (o requisitos); pero estén alerta.
La Convención Marco sobre el Cambio Climático es un
tratado general con sólo unos pocos requisitos
específicos; luego podrán agregarse otros y de mayor
alcance, en forma de enmiendas y protocolos. Ello
ocurrirá a medida que avancen los conocimientos
científicos respecto al cambio climático y cuando la
comunidad internacional, que ya manifesta una reacción de
"cansancio ante los desastres", se haga a la
idea de que debe enfrentar otra crisis y sufragar sus
costos. Guerras, hambrunas, el SIDA, el
"agujero" en la capa de ozono, las lluvias
ácidas, la pérdida de ecosistemas y especies... con
todos estos problemas, es comprensible que haya quienes se
preguntan si no es mejor tirar la toalla.
Por
supuesto que no podemos darnos por vencidos, y si bien la
Convención no puede pretender que todo se ha solucionado,
significa sí un comienzo y algunos hechos lo atestiguan:
los países desarrollados están preparando sus planes
nacionales con objeto de reducir para el año 2000 sus
emisiones de gases de efecto invernadero al nivel de 1990
invirtiendo así la tendencia histórica al aumento
constante de las emanaciones. Los países que han
ratificado el tratado están empezando a recopilar datos
sobre sus emisiones y el clima actual y es cada vez más
frecuente que el público y los gobiernos hablen y
reflexionen acerca del cambio climático.
¿Qué
ocurrirá luego? Poco a poco los gobiernos que se
comprometieron a controlar sus emisiones han de comenzar a
establecer criterios de emisión más estrictos y a exigir
una mayor reforestación. Algunos países ya están
dedicados a tales actividades. También desempeñarán una
función importante a administraciones locales y urbanas,
que a menudo, tienen responsabilidad directa en las
esferas del transporte, la vivienda, gestión de desechos
y otros sectores económicos generadores de gases
termoactivos. Por ejemplo, pueden empezar a concebir y
construir mejores sistemas de transporte público y
ofrecer incentivos para que la gente los utilice en lugar
de sus automóviles y hacer más estrictas las normas de
construcción para que las nuevas casas y edificios de
oficinas puedan calentarse o refrescarse con menos
combustible. Entretanto, las empresas industriales
tendrán que empezar a adoptar nuevas tecnologías que
utilicen los combustibles fósiles y materias primas de
forma más eficaz, y deberán optar, siempre que sea
posible, por fuentes de energía renovables, como la
energía eólica o solar. Deberán asimismo adoptar nuevos
diseños y fórmulas para los refrigeradores y
automóviles, Las mezclas de cemento y los fertilizantes,
de manera que generen menos emisiones de gases de efecto
invernadero. Los agricultores deberán buscar las
tecnologías y métodos que reduzcan las emisiones de
metano procedentes del ganado y los arrozales. Los simples
ciudadanos también han de disminuir su consumo de
combustibles fósiles, por ejemplo, utilizando más a
menudo el transporte público, evitando dejar la luz
encendida en habitaciones vacías, y despilfarrando menos
los recursos naturales.
Puede
parecer ingenuo esperar que se logren cambios de
comportamiento de esa magnitud. Sin embargo, es posible
asumir una conducta más responsable en defensa del clima.
Es probable que con el paso del tiempo y cuando se
conozcan más a fondo los peligros del cambio climático,
tales medidas resultarán mucho menos cándidas y más
vitales para asegurar el bienestar de la humanidad.
Uno
de sus principios es repartir la carga de la lucha contra
el cambio climático.
Este punto es importante. La atmósfera es un recurso
común que forma parte del "patrimonio de la
humanidad", y el tratado vela por que todo sacrificio
realizado para proteger dicho recurso sea compartido de
manera equitativa entre los países, de conformidad con
sus "responsabilidades comunes pero diferenciadas,
sus capacidades respectivas, así como sus condiciones
sociales y económicas". Ello significa, al menos
así lo esperan los Estados Partes, que las acciones que
en definitiva deban emprenderse, serán compartidas por un
número suficiente de participantes para que los
sacrificios valgan la pena. Es más fácil sacrificarse
por una causa común cuando se está seguro de que todos
colaboran.
Conclusiones: Hacia
el siglo XXI y más allá
El cambio
climático podría tener consecuencias muy profundas. Un
asteroide gigante apareció 65 millones de años atrás y
acabó con los dinosaurios.
Al hacer
frente al cambio climático provocado por el hombre, los
seres humanos tendrán que pensar en términos de décadas
y de siglos. La tarea recién comienza, y muchos de los
efectos de las variaciones climáticas no se manifestarán
sino al cabo de dos o tres generaciones. En el futuro cada
uno de nosotros oirá hablar de este problema, y deberá
vivir con él.
Para la
convención Marco, que tiene esto muy presente, el
próximo siglo cuenta tanto como el actual. El tratado ha
establecido instituciones para apoyar los esfuerzos
destinados a cumplir con las obligaciones a largo plazo y
vigilar la adopción de medidas de largo alcance con la
finalidad de minimizar el cambio climático y adaptarse a
sus efectos. El órgano supremo de la convención es la
conferencia de las Partes, en la que se hallan
representados todos los Estados que la han ratificado. La
conferencia de las Partes, que se reunió por vez primera
en marzo de 1995 y que seguirá reuniéndose anualmente,
fomentará y examinará la aplicación de la convención
y, si procede, reforzará sus disposiciones. Dos órganos
subsidiarios asistirán a la conferencia de las Partes:
uno en' materia de asesoramiento científico y
tecnológico y el otro en la esfera de ejecución. En el
futuro, la conferencia podrá asimismo adoptar
disposiciones complementarias para proveer a las
necesidades específicas de la Convención.
El
tratado también refleja una visión coherente de las
futuras perspectivas de la política mundial, así como
diversas hipótesis sobre el mejor medio de resolver los
problemas que se plantearán en el próximo siglo. La
convención, basada en un criterio de cooperación y no de
enfrentamiento da por sentado que los países sólo
podrán abordar con éxito los problemas como el cambio
climático si trabajan en forma mancomunada. Ha sido
concebida para un mundo multipolar en que numerosos
países tienen la influencia y el poder -necesarios para
ejercer presiones colectivas, con el fin de persuadir a
otras naciones a cumplir sus obligaciones.
¿Cómo
establecer un equilibrio armonioso con las condiciones
ambientales actuales que, ante todo, hacen posible nuestra
vida? Hasta ahora, la humanidad se ha desentendido de este
problema en su propio detrimento. A partir de ahora se
trata de un desafío al que probablemente tendremos que
hacer frente mientras exista la especie humana sobre la
Tierra.
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